El niño se levanto despacio, estaba cansado de
esperar, la tarde se había desvanecido como el agua entre sus dedos. Camino por
las estrechas calles, mirando todo y sin mirar, sus pequeños pies trataban de
dar pasos agigantados y una brisa se colaba entre su cabello alborotado.
Siguió caminando, nadie lo detenía, tan solo
algunas miradas curiosas le prestaban atención tan solo el tiempo suficiente
para suponer que no valía la pena seguir prestando atención.
Cualquier atisbo de emoción en ningún momento se mostró en su rostro, sus pasos siguieron, jamás miro hacia atrás, el tiempo no
era nada, todo la vida las personas se preocupan por el tiempo sin saber que es
la única cosa que no se puede acelerar, ralentizar o detener y aun así es un
punto controversial de preocupación constante.
Las ropas envejecieron, se pudrieron y cayeron,
su piel quedo bronceada por el sol y él siguió caminado. Sus pies jamás
pararon, aunque querían descanso, el niño fue borrado por el hombre, y el
hombre prosiguió el camino.
Los edificios desaparecieron, dejaron a la vista
una llanura tan vasta que no se veía su fin por ningún lado y él continuo su camino. Sus pies descalzos
avanzaron, sus brazos se movían al compás del movimiento, todo su cuerpo se agitaba,
el avanzaba, no conocía su destino y aún así no frenaba.
La llanura era caliente, el Sol siempre estaba
en lo alto, observando cada paso del hombre, era un cruel centinela que siempre
le recordaba que debía continuar. Sus pies sangraron, su alma sangro, y a pesar
de las penurias y las ganas de dejarlo todo, el continuo su camino, sin voltear siquiera
para saber cuánto había prosperado.
Su cuerpo avanzaba de manera inconsciente,
mientras su mente divagaba lejos de ahí y en el momento menos inesperado, cuando
estaba a punto de darse por vencido, de parar y no continuar, el vio un árbol,
o eso creyó él, desde donde se encontraba apenas percibía un punto verde en la
lejanía. Sus energías se renovaron, el solo quería llegar al árbol, así que prosiguió.
Desnudo, descalzo y con algunas arrugas en el
rostro él siguió dando traspiés, el
punto verde en la lejanía pronto se convirtió en un árbol de grandes dimensiones,
siguió y siguió, pero las energías renovadas pronto decayeron, el suelo se
torno una cuesta empinada y el árbol se encontraba en lo alto de ese lugar.
Las piernas dolían, su boca pedía agua, sus
pulmones un respiro y su alma un descanso.
Sus pasos se convirtieron en un triste intento
de arrastrarse por el suelo, ya no podía más, ya no quería más. Una suave brisa
le devolvió un poco de vida, y cuando se sentía desfallecer, la sombra del
árbol lo cubrió suavemente como lo haría una madre con su hijo recién nacido.
Se permitió caer, su rostro tostado por el
ardiente sol disfruto del pasto húmedo y helado que había debajo de él. El
sueño se apodero de él, y aquel hombre se dejo llevar entre sus brazos.
Las horas pasaron, los días pasaron, simplemente
el tiempo paso, no sabría decir cuánto con exactitud. Y en algún momento el
hombre despertó, se desperezo y se levanto hambriento, tomo alguna fruta del
árbol y la devoro con premura, cuando había alimentado su cuerpo, se encontró
mirando lo que se encontraba tras el árbol que le había salvado la vida y cuál
fue su sorpresa al darse cuenta que era había llegado el momento de alimentar a
su alma.
el tiempo genial ajaja espero algún día llegar a mi árbol jaja ok no, muy bonito :D saluditos
ResponderBorrarCreo que todos en algún momento llegamos a nuestro árbol =)
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