lunes, 20 de enero de 2014

Vida


El niño se levanto despacio, estaba cansado de esperar, la tarde se había desvanecido como el agua entre sus dedos. Camino por las estrechas calles, mirando todo y sin mirar, sus pequeños pies trataban de dar pasos agigantados y una brisa se colaba entre su cabello alborotado.



Todo seguía igual y todo había cambiado, las casas ambarinas  se transformaron poco a poco en edificios apagados, las estrechas calles dieron paso a avenidas transitadas y los pasos del pequeño pasaron de ser tímidos y temblorosos a firmes y seguros.

Siguió caminando, nadie lo detenía, tan solo algunas miradas curiosas le prestaban atención tan solo el tiempo suficiente para suponer que no valía la pena seguir prestando atención.

Cualquier atisbo de emoción en ningún momento se mostró en su rostro, sus pasos siguieron, jamás miro hacia atrás, el tiempo no era nada, todo la vida las personas se preocupan por el tiempo sin saber que es la única cosa que no se puede acelerar, ralentizar o detener y aun así es un punto controversial de preocupación constante.

Las ropas envejecieron, se pudrieron y cayeron, su piel quedo bronceada por el sol y él siguió caminado. Sus pies jamás pararon, aunque querían descanso, el niño fue borrado por el hombre, y el hombre prosiguió el camino.

Los edificios desaparecieron, dejaron a la vista una llanura tan vasta que no se veía su fin por ningún lado  y él continuo su camino. Sus pies descalzos avanzaron, sus brazos se movían al compás del movimiento, todo su cuerpo se agitaba, el avanzaba, no conocía su destino y aún así no frenaba.

La llanura era caliente, el Sol siempre estaba en lo alto, observando cada paso del hombre, era un cruel centinela que siempre le recordaba que debía continuar. Sus pies sangraron, su alma sangro, y a pesar de las penurias y las ganas de dejarlo todo,  el continuo su camino, sin voltear siquiera para saber cuánto había prosperado.

Su cuerpo avanzaba de manera inconsciente, mientras su mente divagaba lejos de ahí  y en el momento menos inesperado, cuando estaba a punto de darse por vencido, de parar y no continuar, el vio un árbol, o eso creyó él, desde donde se encontraba apenas percibía un punto verde en la lejanía. Sus energías se renovaron, el solo quería llegar al árbol, así que prosiguió.

Desnudo, descalzo y con algunas arrugas en el rostro él  siguió dando traspiés, el punto verde en la lejanía pronto se convirtió en un árbol de grandes dimensiones, siguió y siguió, pero las energías renovadas pronto decayeron, el suelo se torno una cuesta empinada y el árbol se encontraba en lo alto de ese lugar.

Las piernas dolían, su boca pedía agua, sus pulmones un respiro y su alma un descanso.

Sus pasos se convirtieron en un triste intento de arrastrarse por el suelo, ya no podía más, ya no quería más. Una suave brisa le devolvió un poco de vida, y cuando se sentía desfallecer, la sombra del árbol lo cubrió suavemente como lo haría una madre con su hijo recién nacido.

Se permitió caer, su rostro tostado por el ardiente sol disfruto del pasto húmedo y helado que había debajo de él. El sueño se apodero de él, y aquel hombre se dejo llevar entre sus brazos.


Las horas pasaron, los días pasaron, simplemente el tiempo paso, no sabría decir cuánto con exactitud. Y en algún momento el hombre despertó, se desperezo y se levanto hambriento, tomo alguna fruta del árbol y la devoro con premura, cuando había alimentado su cuerpo, se encontró mirando lo que se encontraba tras el árbol que le había salvado la vida y cuál fue su sorpresa al darse cuenta que era había llegado el momento de alimentar a su alma.

2 comentarios:

  1. el tiempo genial ajaja espero algún día llegar a mi árbol jaja ok no, muy bonito :D saluditos

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    1. Creo que todos en algún momento llegamos a nuestro árbol =)

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